viernes, 24 de mayo de 2013

ROMA ANTIGUA EN EL SIGLO XXI


ROMA EN EL MUNDO GLOBALIZADO.



Basta con haber leído algún texto de historia romana en el que se describa la Subura, aquel barrio populoso de la Roma antigua, de la forma más fría y descarnada, con sus relatos de robos, de mendicidad, de suciedad y de desorganización para imaginarse un mundo terrorífico, donde ni la ley ni el orden hacían presencia en tiempos del Imperio Romano, a tan sólo unos metros de los grandes palacios y construcciones del Palatino.

Se podría pensar que son relatos exagerados, en donde se pretende mostrar el lado más oscuro y turbio de la naturaleza humana, para hacer oposición a la ciudad organizada, a la ciudad ejemplo para el mundo, a la ciudad que ejerció de capital de uno de los Imperios más grandes, fuertes e importantes en la historia de la humanidad.

Sin embargo, al realizar un recorrido por algunos de los lugares más populares de Bogotá, a pesar de la tecnología reinante, de la conciencia de un mundo globalizado, de los avances en la concepción de Estados más justos e igualitarios, la imaginación nos lleva en un viaje en el tiempo y nos sitúa en esa Subura romana, donde la ley del más fuerte prevalecía sobre las normas.

Indigentes, basura, miedo al robo descarnado a plena luz del día, son entre otros, los aspectos que asemejan sectores de la ciudad moderna a aquellos descritos de la situación en la Roma de hace dos mil años. Y sumado a ese desastre cultural, se percibe una completa ausencia de la autoridad, que a pesar de su presencia virtual en algunos Centros de Atención Inmediata, no hacen nada para brindar una sensación de seguridad en el sector.

Ante esta realidad social inocultable, le corresponde al Estado a través de los Ministerios y otras entidades y a las autoridades locales, desarrollar estrategias adecuadas y aplicables para contribuir a corregir esa situación. Estrategias que deben incluir la resocialización de aquellos que por voluntad propia escogieron un camino equivocado y ahora se sumen en el abandono y son blanco del repudio ciudadano, que incluya centros de rehabilitación orientados a la capacitación en trabajos sociales como el reparcheo de huecos, la señalización peatonal en algunos sectores de la ciudad entre otros.

Así mismo, deben existir estrategias de renovación urbana, planteadas por expertos en la materia, que le permitan a la ciudad recobrar espacios agradables, libres de suciedad, de mendicidad y de inseguridad.

Pareciera una labor titánica y salida de cualquier presupuesto político, sin embargo, es muy conveniente y necesaria para mejorarle la cara a una ciudad, que en pleno siglo XXI, cuando la velocidad de la información y la tecnología son cada vez mejores y donde el efecto de la globalización se percibe en todos los rincones, pero que parece haberse detenido en aquellos relatos de la Roma antigua.

LO NUESTRO POR ENCIMA DE LO MÍO


SI HICIÉRAMOS EL EJERCICIO DE ACEPTAR QUE LO NUESTRO ES MÁS IMPORTANTE QUE LO MÍO

En una ciudad donde habitamos más de 7 millones de personas, con sus afanes, con sus problemas, con sus inconvenientes en seguridad, en salud y en movilidad por citar algunos aspectos, la cultura ciudadana toma un valor importantísimo para poder convivir de manera armónica.

Los bogotanos y los foráneos que habitan en la capital, son en su gran mayoría, personas de bien. Madrugadores, trabajadores y honestos. Sin embargo, el ritmo agobiante de la ciudad nos convierte en seres egocéntricos que siempre estamos buscando la ventaja frente a nuestros conciudadanos.

Lo vemos en todas partes, en la fila del banco, en el acceso al parqueadero, en el ingreso al Transmilenio, en la droguería, en el supermercado, en fin, en todos los lugares públicos, donde asumimos que nuestra posición individual es más importante que la comunal. Estamos prevenidos en todo momento. Desconfiamos de todo aquel que nos rodea, de quienes nos mantienen la mirada en el bus, de quien se acerca preguntando por una dirección.

El entorno nos ha vuelto agresivos, así seamos, personas calmadas. Queremos hacer valer nuestros derechos individuales por encima de cualquier cosa y a cualquier precio. Sólo por poner un ejemplo, para los usuarios del sistema de transporte masivo Transmilenio. Al llegar un bus a la estación, las entradas se convierten en pequeños campos de batalla donde cada quien, sin importar la lógica busca su destino. Aquellos que quieren ingresar lo intentan a empellones por encima de aquellos que están descendiendo de los buses, desafiando las leyes de la física.

Luego, para los que lograron bajarse del bus, la aventura es impresionante hasta llegar a la salida de la estación. Hay que sortear todo tipo de obstáculos, como las aglomeraciones en las otras puertas, los afanados que quieren ingresar por la única talanquera de salida o simplemente esquivar a quien está hablando por celular en medio de la estación.

Otro tanto es para quienes lograron ingresar al bus. Pues el recorrido desde la puerta hasta una posible silla es eterno, pues si me logro adueñar de un espacio sobre la línea amarilla o en cercanía a la puerta, estaré garantizando mi fácil salida en la siguiente estación. Pensarán algunos o mejor dicho, piensa la mayoría.

¿Qué pasaría si hiciéramos un ejercicio de convivencia ciudadana en el que asumiéramos que los derechos de la comunidad son superiores a los míos? ¿Si nos diéramos cuenta que la cultura de lo nuestro, es más importante y más significativa que la cultura de lo mío? La respuesta no sería muy difícil de encontrar. Seguramente, viviríamos mejor. Todo sería más fácil. El transitar por los andenes, donde habría espacio suficiente para hacerlo si los vendedores ambulantes entendieran que es espacio público y no local de ventas privado.

Si entendiéramos que el cruce de las calles se hace por las esquinas, respetando la circulación por la derecha, para evitar tumultos.

Si esperamos a que quien atiende en la droguería o en el supermercado terminen de atender a la persona que está antes de nosotros. Si esperamos a que los que necesitan bajarse del bus lo hagan antes de pretender subir.

En fin, no se necesita la mejor tecnología del mundo, ni los ojos azules o el cabello rubio. Ni mucho menos un alto ingreso per cápita. Se necesita la conciencia de que lo nuestro es más importante que lo mío y que en la medida que entienda ese concepto, mis derechos serán cada vez mayores y más respetados, y por ende, mi vida y la convivencia con el resto de ciudadanos será cada vez mejor.